Cuentan que hace mucho tiempo vivía un hombre incapaz de permanecer demasiado tiempo en un mismo lugar.
Cuando llegaba a un pueblo y comenzaba a sentirse cómodo, algo dentro de él le susurraba que existía otro lugar mejor.
Así pasó gran parte de su vida.
Atravesó montañas cubiertas de nieve, caminó por desiertos interminables y cruzó bosques donde los árboles parecían tocar el cielo.
En cada viaje encontraba algo que admirar. Y algo que le empujaba a seguir caminando.
Si encontraba un valle fértil, imaginaba que al otro lado de la montaña habría uno todavía más hermoso.
Si conocía a personas bondadosas, pensaba que en el siguiente pueblo encontraría gente aún más sabia.
Si una tarde era feliz, temía que aquella felicidad desapareciera al día siguiente.
Y entonces volvía a marcharse.
Los años pasaron casi sin que se diera cuenta.
Una tarde de otoño, ya cansado, decidió descansar junto a un viejo camino.
Se dejó caer sobre una gran piedra que llevaba allí desde mucho antes de que él naciera.
El silencio era tan profundo que creyó escuchar una voz.
—Llevas mucho tiempo caminando.
El hombre miró a un lado y a otro. No había nadie.
—Aquí abajo.
Era la piedra. El viajero sonrió, convencido de que el cansancio le estaba jugando una mala pasada.
—¿También hablan las piedras?
—Solo cuando alguien lleva demasiado tiempo sin escucharse a sí mismo.
El hombre permaneció en silencio.
Después preguntó:
—Dime una cosa… ¿Tú nunca has querido estar en otro lugar?
La piedra tardó un instante en responder.
—He visto pasar estaciones, tormentas, guerras, abrazos y despedidas. He visto correr a quienes tenían prisa. Y regresar a quienes estaban convencidos de que la paz se encontraba un poco más adelante.
—¿Y la encontraron?
La piedra guardó silencio unos segundos. Luego respondió con una serenidad que parecía venir de la propia tierra.
—Nunca vi a nadie encontrarla mientras huía del lugar donde estaba.
El viajero bajó la mirada.
Por primera vez en toda su vida dejó de mirar el horizonte.
Sintió el peso de su cuerpo descansando sobre la piedra. Escuchó el viento moviendo las hojas. Observó cómo el sol desaparecía lentamente detrás de las montañas.
Y comprendió que había recorrido medio mundo buscando un lugar donde vivir, sin haber habitado nunca el lugar donde ya estaba.
Desde aquel día siguió caminando.
Pero ya no caminaba para llegar.
Caminaba para estar.


2 Comentarios
Eva julio 21, 2026
Que fantástica analogía! Vivimos pensando en el fin de semana, en las vacaciones, en cuando pierda peso o en cuando tenga el coche nuevo. Siempre es un momento futuro que cuando llega me olvido de disfrutar porque estoy pensando en el siguiente. Como se consigue vivir en el ahora con la conciencia de que no quisiera estar en otro lugar. Supongo que ese es el reto… Gracias por tan fantástica reflexión!
José Escánez agosto 06, 2026
Mil gracias a ti Eva. Un abrazo!
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