Hace más de veinte años viví una experiencia desconcertante. Por aquel entonces ejercía como abogado. La palabra mindfulness no formaba parte de mi vocabulario y, si alguien me hubiera hablado de atención plena, probablemente habría pensado que aquello no tenía nada que ver conmigo. Mi vida transcurría entre juzgados, reuniones, plazos y preocupaciones que, vistas con perspectiva, eran las habituales de cualquier profesional inmerso en una rutina exigente.
Una tarde había quedado con unos amigos en casa de uno de ellos. No celebrábamos nada especial. Simplemente nos apetecía pasar un rato juntos, conversar, reírnos un poco y olvidarnos durante unas horas de las obligaciones de la semana. La conversación transcurría con esa calma propia de los encuentros que no necesitan ningún acontecimiento extraordinario para resultar agradables. Alguien contaba una anécdota, otro respondía con otra historia y el tiempo parecía avanzar sin que ninguno sintiera la necesidad de mirar el reloj.
En medio de aquella conversación empecé a notar que algo no iba bien. Al principio fue una sensación difícil de definir, una incomodidad difusa que no supe interpretar. Después llegó un calor intenso. En apenas unos segundos todo cambió. El corazón comenzó a acelerarse con una fuerza desconocida, la respiración dejó de ser natural y, de pronto, aquella conversación dejó de existir. Todo mi mundo quedó reducido a lo que estaba ocurriendo dentro de mi cuerpo.
Intenté disimular, convencido de que aquello pasaría enseguida, pero fueron mis propios amigos quienes interrumpieron la conversación. Me miraban con preocupación. Uno de ellos me dijo que estaba completamente blanco. Otro comentó que estaba empapado en sudor.
Lo curioso es que no sentía ningún dolor. No había un síntoma claro que justificara el miedo que empezaba a invadirme. Sin embargo, mi mente ya había encontrado una explicación para todo aquello y, una vez que la encontró, dejó de buscar cualquier otra posibilidad. Estaba convencido de que estaba sufriendo un infarto. Cuando el miedo alcanza esa intensidad, deja de parecer una posibilidad para convertirse en una certeza. No pensaba que quizá estuviera teniendo un infarto; estaba convencido de que lo estaba teniendo.
Mis amigos decidieron llevarme a urgencias. Recuerdo muy poco de aquel trayecto. Apenas algunas imágenes sueltas y el ruido incesante de mis propios pensamientos. Todo ocurría muy deprisa fuera de mí y todavía más deprisa dentro de mí. Mientras esperaba que me atendieran solo había una idea ocupándolo todo: necesitaba que alguien confirmara aquello que yo ya daba por hecho.
La médica me exploró con calma, comprobó las constantes y escuchó con atención lo que le estaba contando. Mientras yo esperaba confirmar todos mis temores, abrió un cajón, sacó una bolsa de papel, me la entregó y dijo con absoluta tranquilidad:
—Respira aquí. Tienes un ataque de ansiedad.
Nunca olvidaré lo que ocurrió a continuación. El miedo desapareció de golpe. No porque mi cuerpo hubiera mejorado de un momento para otro. En ese instante mi corazón seguía latiendo deprisa, continuaba respirando con dificultad y el sudor seguía recorriéndome la frente. Mi cuerpo era, esencialmente, el mismo que unos segundos antes. Lo único que había cambiado era la explicación que mi mente daba a lo que estaba ocurriendo. Un instante antes estaba convencido de que sufría un infarto; un instante después sabía que estaba atravesando un ataque de ansiedad.
Y, sin embargo, a partir de ese momento el cuerpo empezó a seguir el camino que la mente acababa de iniciar. Poco a poco la respiración recuperó su ritmo, el corazón dejó de galopar y la tensión fue desapareciendo hasta que, unos minutos más tarde, me encontraba prácticamente como si no hubiera pasado nada. Aquella tarde todavía no era consciente de lo que había ocurrido, pero hoy sé que el cuerpo no había engañado a la mente. Había sido la historia que mi mente estaba contándose la que había puesto a mi cuerpo en estado de alarma. Cuando esa historia cambió, el cuerpo también empezó a cambiar.
Durante mucho tiempo recordé aquel episodio únicamente como un susto. Nunca imaginé que acabaría convirtiéndose en una de las experiencias que más me ayudarían a comprender el funcionamiento de la ansiedad. Pensaba, como tantas personas siguen pensando hoy, que el problema consistía en pensar demasiado. Creía que mi mente funcionaba a una velocidad excesiva y que, si conseguía detener ese torrente de pensamientos, el problema desaparecería. Con el paso de los años comprendí que esa explicación resultaba insuficiente. Pensar demasiado no era el origen de mi sufrimiento; era el intento desesperado de resolver algo mucho más profundo.
Hoy creo que no pensamos demasiado porque nuestra mente funcione mal. Pensamos demasiado porque necesitamos sentir que seguimos teniendo el control. Cada pensamiento intenta reducir la incertidumbre. Cada análisis interminable busca anticiparse al futuro. Y detrás de tantos «¿y si…?», en el fondo, solo hay una pregunta que nunca nos atrevemos a formular de esa manera: «¿Puedo estar seguro de que todo saldrá bien?».
Quizá ahí resida una de las raíces más profundas de la ansiedad. No tanto en la cantidad de pensamientos que tenemos, sino en la necesidad de controlar aquello que, por naturaleza, nunca podremos controlar. Queremos saber que la decisión será la acertada, que la relación funcionará, que las personas a las que queremos estarán bien, que el proyecto saldrá adelante o que el futuro respetará los planes que hemos construido cuidadosamente. En realidad, no buscamos respuestas. Buscamos garantías. Y esas garantías, por mucho que nos empeñemos, la vida nunca podrá ofrecérnoslas.
La incertidumbre siempre ha formado parte de la existencia. Lo era cuando yo era un niño, lo era aquella tarde en casa de mis amigos y lo sigue siendo mientras escribo estas líneas. Sin embargo, vivimos como si fuera una anomalía que hubiera que eliminar cuanto antes. Nos cuesta aceptar que hay una parte de la vida que jamás dependerá de nosotros y dedicamos una enorme cantidad de energía a luchar contra esa evidencia. Paradójicamente, cuanto mayor es nuestra necesidad de control, más espacio encuentra el miedo para crecer. Cada duda exige una respuesta inmediata. Cada cambio inesperado se convierte en una amenaza. Cada incertidumbre parece un problema que hay que resolver cuanto antes.
Comprender todo esto no hizo desaparecer mi ansiedad de un día para otro. Ojalá hubiera sido tan sencillo. Mi mente sigue invitándome, de vez en cuando, a recorrer el viejo camino del control. Todavía aparecen pensamientos que intentan convencerme de que necesito analizar un poco más una situación, prever una posibilidad más o encontrar una respuesta definitiva antes de sentirme tranquilo. La diferencia es que ahora reconozco esa voz. Sé que no está describiendo la realidad; está intentando protegerme. Y también sé que, si la sigo sin cuestionarla, terminaré alimentando exactamente aquello de lo que pretende salvarme.
A veces pienso que aquella médica hizo mucho más que entregarme una bolsa de papel. Sin saberlo, señaló el comienzo de un camino. Aquella tarde salí del hospital convencido de que había sufrido un ataque de ansiedad. Lo que no podía imaginar era que tardaría años en entender de verdad lo que me había pasado. Porque el episodio no empezó cuando mi corazón se aceleró. Había empezado mucho antes, en la forma en que me relacionaba con la incertidumbre.
Hoy sé que aquel día no empecé a perder el miedo a la ansiedad. Empecé, sin saberlo, a perder la necesidad de que la vida me diera todas las respuestas antes de atreverme a vivirla. Quizá esa sea la única tranquilidad que merece la pena buscar: no la que nace de tenerlo todo bajo control, sino la que aparece cuando dejamos de exigirle a la vida una certeza que nunca pudo ofrecernos.


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