Somos hombres prehistóricos con móviles (unos más que otros).
La frase puede hacernos sonreír, pero encierra una realidad que ayuda a comprender algunas de las dificultades que experimentamos actualmente. En apenas unas décadas, nuestra forma de vivir ha cambiado a una velocidad extraordinaria. Podemos comunicarnos instantáneamente con alguien situado al otro lado del planeta, recibir noticias en tiempo real, trabajar desde prácticamente cualquier lugar y acceder desde el teléfono a una cantidad de información que habría resultado inimaginable hace no demasiado tiempo.
Nuestro organismo, sin embargo, no se ha transformado a esa misma velocidad. Seguimos funcionando con mecanismos desarrollados a lo largo de millones de años de evolución y que, durante buena parte de nuestra historia, estuvieron al servicio de necesidades muy diferentes de las que plantea la vida actual. Esta diferencia entre la velocidad a la que cambia nuestro entorno y la velocidad mucho más lenta de nuestra evolución biológica puede ayudarnos a comprender mejor nuestra relación con el estrés, la atención y esa sensación tan frecuente de vivir permanentemente en alerta.
Un cerebro antiguo en un mundo nuevo
Nuestro cerebro no fue diseñado desde cero para desenvolvernos entre teléfonos móviles, correos electrónicos, redes sociales, reuniones y agendas saturadas. Es el resultado de un largo proceso evolutivo durante el cual nuestra supervivencia dependió, entre otras cosas, de ser capaces de detectar rápidamente cualquier posible amenaza.
Una investigación de Simon Neubauer, Jean-Jacques Hublin y Philipp Gunz, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, estudió la evolución de la forma cerebral del Homo sapiens mediante reconstrucciones digitales de cráneos fósiles. Sus resultados mostraron que el tamaño cerebral ya se encontraba dentro del rango humano actual hace aproximadamente 300.000 años, aunque la forma del cerebro continuó evolucionando posteriormente.
Esto no significa, evidentemente, que nuestro cerebro sea idéntico al de nuestros antepasados ni que pensemos como lo hacían quienes vivieron hace miles de años. La cultura, el aprendizaje y nuestra propia experiencia modifican continuamente nuestra manera de desenvolvernos en el mundo. Pero muchos de los mecanismos básicos relacionados con la atención, las emociones y la respuesta ante posibles amenazas tienen una historia evolutiva muchísimo más antigua que el entorno tecnológico en el que vivimos actualmente.
Y ahí aparece una contradicción interesante: hemos cambiado de mundo mucho más deprisa de lo que han cambiado algunos de los mecanismos con los que respondemos a él.
Del depredador a la notificación
Podemos imaginar a uno de nuestros antepasados descansando tranquilamente cerca de su refugio hasta que aparece una amenaza. En ese momento, su organismo necesita reaccionar. La atención se dirige hacia el peligro, aumenta la tensión muscular, se acelera el corazón y una parte importante de los recursos disponibles se pone al servicio de una prioridad inmediata: sobrevivir.
Mientras exista la amenaza, permanecer alerta tiene todo el sentido. Pero, una vez desaparecido el peligro, esa activación deja de resultar necesaria y el organismo puede recuperar progresivamente el equilibrio. Dicho de una manera mucho menos académica: el tigre termina marchándose y podemos salir de la cueva y seguir con nuestra vida.
Miles de años después seguimos funcionando con ese mismo mecanismo básico. Lo que ha cambiado brutalmente es el mundo que nos rodea.
Nuestros tigres actuales rara vez tienen dientes. Pueden adoptar la forma de un mensaje de WhatsApp, una notificación, un correo del trabajo, una llamada inesperada, una fecha límite, una discusión, una noticia alarmante o una preocupación sobre algo que todavía ni siquiera ha ocurrido.
Naturalmente, nuestro cerebro no confunde literalmente un mensaje con un depredador. La comparación no debe entenderse de esa manera. Lo relevante es que muchos estímulos modernos reclaman continuamente nuestra atención y pueden poner en marcha mecanismos de alerta que evolucionaron muchísimo antes de que existieran los teléfonos móviles.
Y existe una diferencia importante: mientras aquel peligro aparecía de manera puntual, nosotros podemos encontrarnos con veinte pequeños “tigres” antes de desayunar.
Cuando los tigres no se van
Uno de los problemas de la vida contemporánea no es solamente la intensidad de los estímulos, sino su frecuencia y continuidad. El teléfono nos acompaña desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. El trabajo puede seguir entrando en casa mediante un correo. Una noticia ocurrida a miles de kilómetros puede aparecer en nuestra pantalla mientras desayunamos. Una conversación desagradable puede haber terminado hace horas y, sin embargo, continuar reproduciéndose una y otra vez en nuestra cabeza.
Esto introduce una diferencia fundamental respecto a una amenaza física inmediata. Los seres humanos tenemos la extraordinaria capacidad de reaccionar no solamente ante lo que está sucediendo, sino también ante lo que recordamos, anticipamos o imaginamos. Podemos volver a sentir enfado al recordar una conversación de hace tres días o experimentar preocupación ante algo que quizá nunca llegue a suceder.
Por eso el estrés cotidiano no depende necesariamente de encontrarnos ante grandes acontecimientos. La acumulación de pequeñas demandas, interrupciones y preocupaciones puede mantenernos en un estado de activación durante buena parte del día. No hace falta que exista una gran emergencia cuando vivimos respondiendo continuamente a pequeñas emergencias.
Esto puede ayudar a explicar una experiencia bastante habitual: llegar al final del día completamente agotados y tener, al mismo tiempo, la sensación de que “tampoco ha pasado nada”. Quizá no hemos corrido para escapar de ningún animal ni hemos afrontado una amenaza física importante, pero nuestra atención ha saltado continuamente de una demanda a otra y nuestra mente ha estado intentando anticipar, resolver o controlar decenas de asuntos.
Aquel tigre se iba. Los nuestros caben en un bolsillo.
El desajuste evolutivo
En biología evolutiva y medicina se utiliza el concepto de desajuste evolutivo para referirse, de manera general, a situaciones en las que determinadas características desarrolladas en un contexto ancestral se encuentran funcionando en un entorno que ha cambiado mucho más rápidamente.
La respuesta de estrés constituye un buen ejemplo para comprender esta idea. Se trata de un mecanismo extraordinariamente útil cuando necesitamos reaccionar ante una situación concreta. El problema surge cuando esa respuesta, adecuada para acontecimientos puntuales, se encuentra con preocupaciones abstractas, repetitivas o prolongadas que no pueden resolverse huyendo, luchando o realizando una acción inmediata.
No podemos correr para alejarnos de una hipoteca, luchar físicamente contra una sobrecarga de trabajo ni resolver mediante una reacción inmediata la incertidumbre sobre nuestro futuro. Y, sin embargo, nuestro organismo puede seguir respondiendo ante esas situaciones como asuntos que requieren nuestra atención.
Esto no convierte la respuesta de estrés en algo defectuoso. Al contrario: es un mecanismo que ha contribuido a nuestra supervivencia. La dificultad aparece cuando una herramienta extraordinariamente eficaz para determinados problemas termina funcionando prácticamente durante todo el día.
El problema no es que aparezcan
Ante esta situación resulta tentador pensar que la solución consiste en eliminar todo aquello que nos altera: reducir las notificaciones, trabajar menos, evitar las noticias, solucionar nuestros problemas o intentar dejar de preocuparnos.
Algunas de estas medidas pueden ser razonables. Podemos establecer límites con la tecnología, modificar hábitos y cambiar circunstancias que están contribuyendo innecesariamente a nuestro estrés. Pero existe un límite evidente: nunca podremos construir una vida en la que no aparezcan problemas, incertidumbre, pensamientos incómodos, emociones difíciles o situaciones que no podemos controlar.
Los tigres, de una forma u otra, van a seguir apareciendo.
Por eso hay una segunda cuestión que me parece mucho más interesante: qué hacemos nosotros cuando aparecen.
Podemos reaccionar automáticamente ante cada pensamiento, cada preocupación y cada estímulo como si requiriera una respuesta inmediata. Podemos intentar resolver todo lo que nuestra mente plantea, anticiparnos a cualquier posibilidad y meternos en la cueva cada vez que surge un nuevo tigre.
O podemos aprender a reconocer lo que está ocurriendo sin reaccionar automáticamente.
Esta diferencia parece pequeña, pero constituye una parte fundamental de la práctica de mindfulness.
Aprender a dejar pasar al tigre
Meditar no consiste en eliminar nuestros mecanismos más antiguos ni en conseguir que nuestra mente deje de generar pensamientos. Tampoco se trata de vivir permanentemente relajados o de permanecer indiferentes ante los problemas.
Se trata, entre otras cosas, de desarrollar la capacidad de observar lo que está ocurriendo con mayor claridad.
Cuando aparece un pensamiento, podemos reconocerlo sin tener necesariamente que seguirlo. Cuando surge una preocupación, podemos advertir que nuestra mente está intentando anticiparse al futuro sin asumir automáticamente que necesitamos resolverla en ese instante. Cuando aparece una emoción incómoda, podemos aprender a sentirla sin añadir inmediatamente una nueva lucha contra ella.
La práctica introduce poco a poco un espacio entre aquello que ocurre y nuestra reacción.
Eso no significa que debamos ignorar todo lo que aparece. Hay tigres que necesitan nuestra atención. Existen problemas que debemos resolver, decisiones que debemos tomar y conversaciones que tendremos que afrontar. La cuestión no es dejar de reaccionar ante la vida, sino empezar a distinguir cuándo una respuesta resulta necesaria y cuándo estamos simplemente siendo arrastrados por un mecanismo automático.
A veces tendremos que ocuparnos del tigre.
Y otras veces será suficiente con dejarlo pasar y seguir con nuestra vida.
Vivir con un cerebro antiguo en un mundo nuevo
Probablemente el mundo no vaya a volverse menos estimulante en los próximos años. La tecnología seguirá avanzando, la cantidad de información disponible continuará aumentando y cada vez existirán más formas de reclamar nuestra atención.
No podemos esperar a que el mundo se detenga para encontrar calma.
Podemos, sin embargo, aprender a detenernos nosotros.
Prestar atención al cuerpo, reconocer lo que ocurre en nuestra mente y observar nuestras reacciones nos permite empezar a relacionarnos de una manera diferente con esa sucesión constante de estímulos.
Seguiremos siendo, en cierta medida, hombres prehistóricos con móviles. Nuestros mecanismos de alerta seguirán haciendo aquello para lo que fueron desarrollados y nuestra mente continuará intentando anticipar peligros y resolver problemas.
Pero podemos aprender a no meternos en la cueva cada vez que aparece un tigre.
Del Estrés a la Calma
Esta forma de trabajar con nuestra experiencia constituye precisamente una parte fundamental de Del Estrés a la Calma.
El objetivo no es aprender a controlar la mente ni conseguir que desaparezcan nuestros pensamientos y preocupaciones. Durante cuatro semanas trabajamos de manera progresiva para entrenar la atención, aprender a detenernos, recuperar el contacto con el cuerpo y observar con mayor claridad lo que ocurre en nuestra mente, de manera que podamos quedar menos atrapados en nuestras reacciones automáticas y responder de una forma más consciente a aquello que nos sucede.
Si quieres iniciarte en esta práctica mediante un recorrido guiado y progresivo, puedes consultar la próxima edición presencial en Almería y online en directo de Del Estrés a la Calma:
Información sobre Del Estrés a la Calma


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