La meditación, el mindfulness y las distintas prácticas relacionadas con el desarrollo personal y espiritual pueden convertirse en herramientas extraordinarias de autoconocimiento. Nos permiten observar con mayor claridad nuestros pensamientos, reconocer nuestras emociones y desarrollar una relación más consciente con aquello que nos ocurre. Sin embargo, esas mismas herramientas pueden utilizarse, a veces sin que seamos conscientes de ello, con una finalidad completamente distinta: evitar precisamente aquello que necesitamos mirar.
Cuando utilizamos determinadas ideas, creencias o prácticas espirituales para eludir emociones dolorosas, conflictos internos o problemas de nuestra vida cotidiana estamos ante lo que se conoce como bypass espiritual. Y uno de sus principales peligros es precisamente que puede resultar difícil de reconocer. Al fin y al cabo, desde fuera parece que estamos haciendo algo beneficioso: meditamos, hablamos de aceptación, intentamos desapegarnos, buscamos mantener una actitud positiva o tratamos de encontrar un significado a aquello que nos sucede. El problema no está necesariamente en ninguna de estas prácticas, sino en la función que están cumpliendo en nuestra vida.
¿Qué es el bypass espiritual?
El término spiritual bypassing fue introducido en la década de 1980 por el psicólogo y maestro budista John Welwood para describir la tendencia a utilizar ideas y prácticas espirituales con el propósito de evitar o eludir cuestiones emocionales no resueltas, heridas psicológicas y determinadas dificultades personales.
Esta definición plantea una cuestión importante. Una práctica espiritual no es necesariamente una práctica de autoconocimiento por el simple hecho de que la llamemos espiritual. Lo verdaderamente relevante es observar hacia dónde nos conduce. Puede ayudarnos a acercarnos a nuestra experiencia, pero también puede convertirse en una manera muy sofisticada de alejarnos de ella.
Pensemos, por ejemplo, en la aceptación. Aprender a aceptar aquello que está ocurriendo puede ayudarnos a dejar de luchar inútilmente contra una realidad que ya está presente. Sin embargo, podemos utilizar exactamente el mismo concepto para justificar nuestra pasividad ante una situación que requiere que pongamos un límite o tomemos una decisión. Algo similar sucede con el desapego: puede surgir de la comprensión de que no podemos controlar a los demás, pero también puede convertirse en una explicación aparentemente espiritual para evitar comprometernos emocionalmente.
Desde fuera, ambas actitudes pueden parecer similares. La diferencia se encuentra en lo que estamos haciendo interiormente con nuestra experiencia.
La idea de que crecer significa dejar de sentir
Una de las creencias que favorecen el bypass espiritual es pensar que el desarrollo personal debería conducirnos progresivamente hacia un estado de serenidad casi permanente. Podemos llegar a pensar que, si meditamos suficientemente, deberíamos estar tranquilos; que si hemos trabajado sobre nosotros mismos, determinadas cosas ya no deberían afectarnos; o que una persona verdaderamente consciente debería ser capaz de controlar sus pensamientos y emociones.
El problema aparece cuando convertimos esas expectativas en una nueva forma de rechazo. Si sentimos rabia, pensamos que no deberíamos sentirla. Si aparece miedo, tratamos de trascenderlo. Si estamos tristes, buscamos rápidamente alguna herramienta que nos devuelva a la calma. De esta manera podemos acabar utilizando el propio desarrollo personal para establecer una división entre las experiencias que consideramos aceptables y aquellas que creemos incompatibles con la persona que aspiramos a ser.
Sin embargo, el autoconocimiento difícilmente puede construirse desde el rechazo de una parte de nuestra experiencia. Conocernos implica también acercarnos a aquello que nos incomoda, reconocer nuestras contradicciones y permitir que determinadas emociones estén presentes el tiempo suficiente como para poder comprender qué está ocurriendo. La práctica no debería convertirnos en personas que sienten menos, sino ayudarnos a relacionarnos de otra manera con aquello que sentimos.
Cuando la meditación se convierte en una forma de evasión
La meditación tampoco está libre de esta posibilidad. Tendemos a asociarla con la calma, la relajación o la reducción del estrés, y todos ellos pueden ser efectos beneficiosos de la práctica. Sin embargo, cuando nuestro objetivo consiste sistemáticamente en utilizar la meditación para dejar de sentir aquello que nos resulta incómodo, conviene preguntarnos qué estamos haciendo realmente.
Podemos sentarnos a meditar y dedicar todo el tiempo a intentar que desaparezcan nuestros pensamientos. Podemos utilizar la respiración exclusivamente para reducir una emoción desagradable o buscar determinados estados de serenidad porque hemos llegado a considerar la ansiedad, la tristeza o la rabia como experiencias que no deberían formar parte de nosotros. También podemos refugiarnos en la práctica para posponer conversaciones, decisiones o conflictos que pertenecen a nuestra vida cotidiana.
En todos estos casos seguimos meditando, pero la meditación puede haber dejado de ser una vía de acercamiento a nuestra experiencia para convertirse en una forma de evasión.
La atención plena propone precisamente un movimiento diferente. No pretende eliminar los pensamientos, sino permitirnos reconocerlos sin identificarnos automáticamente con ellos. No busca impedir que aparezcan determinadas emociones, sino desarrollar la capacidad de sentirlas sin rechazarlas y sin quedar completamente atrapados por ellas. Este matiz es fundamental, porque regular una emoción no significa necesariamente eliminarla y aceptar una experiencia no significa permanecer pasivos ante ella.
Aceptar no significa resignarse
La aceptación es probablemente uno de los conceptos del ámbito de la meditación y el desarrollo personal que con mayor facilidad puede ser malinterpretado. Aceptar significa, fundamentalmente, reconocer la realidad de lo que está sucediendo en este momento. No significa que tenga que gustarnos, que debamos aprobarlo o que renunciemos a hacer algo para modificarlo.
Podemos aceptar que una persona se está comportando de una determinada manera y, precisamente porque dejamos de negar lo que estamos viendo, decidir establecer un límite. Podemos aceptar que una relación nos hace daño y tomar la decisión de abandonarla. Podemos reconocer nuestro miedo y, a partir de ahí, decidir actuar a pesar de él. En todos estos casos la aceptación no conduce a la pasividad, sino que proporciona un punto de partida más realista desde el que responder.
El bypass aparece cuando utilizamos la aceptación para evitar esa respuesta. Decirnos que debemos «aceptar lo que venga» puede parecer una actitud profundamente espiritual y, sin embargo, esconder miedo al conflicto, dificultad para establecer límites o incapacidad para reconocer nuestras propias necesidades.
La necesidad de encontrar algo positivo en todo
Otra manifestación frecuente del bypass espiritual aparece cuando sentimos la necesidad de encontrar inmediatamente un aprendizaje, una oportunidad o un significado positivo en cualquier experiencia dolorosa. Es posible que con el tiempo encontremos algún sentido a determinadas experiencias difíciles, pero convertir esa búsqueda en una obligación puede impedirnos atravesar el proceso emocional que esas experiencias requieren.
Una pérdida puede provocar tristeza. Una ruptura puede doler. Una decepción puede generar rabia y una situación de incertidumbre puede despertar miedo. No necesitamos convertir inmediatamente esas emociones en algo positivo para que sean legítimas. En ocasiones, tratar de encontrar demasiado pronto «qué viene a enseñarnos» una experiencia es otra forma de evitar sentir lo que esa experiencia está produciendo en nosotros.
Existe una diferencia importante entre encontrar significado después de haber atravesado una experiencia y utilizar el significado para no atravesarla. En el primer caso, la comprensión puede surgir como consecuencia del proceso; en el segundo, la explicación se convierte en una manera de saltárnoslo.
El ego también puede apropiarse del camino espiritual
Hay otra dimensión del bypass espiritual especialmente sutil: la construcción de una identidad alrededor de nuestro propio desarrollo personal. Comenzamos a meditar para observar con mayor claridad los mecanismos de nuestra mente y, paradójicamente, podemos terminar construyendo una nueva imagen de nosotros mismos basada precisamente en ser personas conscientes, evolucionadas o espirituales.
Esta identidad puede manifestarse en pensamientos aparentemente inocentes: creer que determinadas cosas «ya no nos afectan», considerar que hemos «trabajado» suficientemente determinados aspectos de nosotros mismos o pensar que estamos por encima de ciertos conflictos porque hemos aprendido a observarlos. El problema no está en reconocer nuestro crecimiento, sino en utilizarlo para proteger una determinada imagen de nosotros mismos.
El ego posee una enorme capacidad para apropiarse incluso de las herramientas destinadas a observarlo. Podemos abandonar unas identificaciones y construir otras nuevas, quizá más sofisticadas y aparentemente más espirituales, pero seguimos necesitando defender una determinada idea de quiénes somos.
Por eso el autoconocimiento requiere una disposición constante a cuestionar nuestras propias conclusiones. No consiste en alcanzar una identidad definitiva de «persona consciente», sino en desarrollar la capacidad de observar cómo seguimos construyendo identidades, historias y explicaciones acerca de nosotros mismos.
Desidentificarnos no significa alejarnos de nuestra experiencia
Una de las aportaciones más valiosas de la práctica meditativa es descubrir que no somos todo aquello que pensamos. Un pensamiento puede aparecer en nuestra mente sin que tengamos que considerarlo verdadero, del mismo modo que una emoción puede estar presente sin definir quiénes somos. Reconocer esta diferencia genera un espacio desde el que podemos responder de manera menos automática.
Sin embargo, también aquí existe el riesgo de convertir la desidentificación en una forma de distancia emocional. Decirnos que algo «es solo un pensamiento» puede ayudarnos a no quedar atrapados por él, pero también puede servir para no preguntarnos por qué ese pensamiento aparece repetidamente. Observar una emoción sin identificarnos con ella no significa ignorar la información que puede contener.
Desidentificarnos consiste en modificar nuestra relación con la experiencia, no en desentendernos de ella. Podemos acercarnos a un pensamiento sabiendo que no somos ese pensamiento. Podemos escuchar una emoción sin convertirla en nuestra identidad. Esa combinación de cercanía y perspectiva es precisamente una de las posibilidades más interesantes que ofrece la práctica de la atención plena.
¿Cómo podemos reconocer el bypass espiritual?
No existe una fórmula sencilla para determinar cuándo una práctica está favoreciendo nuestro autoconocimiento y cuándo está funcionando como una forma de evasión. Además, no se trata de clasificar a las personas entre quienes hacen un uso «correcto» o «incorrecto» de la espiritualidad. Todos podemos utilizar en algún momento nuestras creencias, nuestros conocimientos o nuestras prácticas para protegernos de algo que nos resulta difícil afrontar.
Por eso puede resultar más útil observar la función que cumplen en nuestra vida. Si cada vez que aparece una emoción desagradable necesitamos hacer algo para eliminarla inmediatamente, quizá merezca la pena preguntarnos qué dificultad tenemos para permanecer con ella. Si utilizamos constantemente conceptos como aceptación o desapego cuando nos encontramos ante situaciones que requieren decisiones o límites, podemos explorar si esos conceptos nos están ayudando realmente a responder mejor. Y si nuestra práctica meditativa nos proporciona tranquilidad durante unos minutos pero no modifica nuestra manera de relacionarnos con los conflictos cotidianos, también puede ser interesante preguntarnos qué lugar está ocupando esa práctica.
Existe una pregunta sencilla que puede ayudarnos a orientarnos: ¿esto que estoy haciendo me permite entrar en mayor contacto con mi experiencia o me está ayudando a escapar de ella?
La respuesta no siempre será evidente. Tampoco necesitamos convertir esta pregunta en otra forma de juzgarnos. El propio deseo de evitar el dolor forma parte de nuestra condición humana. Reconocerlo es ya una forma de comenzar a relacionarnos con él de manera diferente.
El autoconocimiento no consiste en sentirnos bien todo el tiempo
Quizá una de las confusiones más frecuentes dentro del desarrollo personal sea identificar bienestar con ausencia de malestar. Podemos aprender herramientas que nos ayuden a regularnos, disminuir nuestros niveles de estrés y relacionarnos de una manera más saludable con nuestros pensamientos y emociones. Todo ello puede mejorar considerablemente nuestra calidad de vida. Pero ninguna práctica puede eliminar la dimensión inevitablemente incómoda de estar vivos.
Seguiremos sintiendo miedo cuando algo importante esté en juego, tristeza ante determinadas pérdidas, frustración cuando las cosas no sucedan como esperábamos y rabia ante situaciones que consideramos injustas. El objetivo del autoconocimiento no debería ser conseguir que estas experiencias desaparezcan, sino ampliar nuestra capacidad para reconocerlas, comprenderlas y decidir cómo queremos responder ante ellas.
Desde esta perspectiva, una práctica verdaderamente transformadora no es necesariamente aquella que consigue que nos sintamos mejor inmediatamente. En ocasiones será precisamente la que nos permita permanecer ante algo que llevábamos mucho tiempo evitando.
El desarrollo personal no consiste en elevarnos por encima de nuestra experiencia humana. Tampoco en construir una versión de nosotros mismos permanentemente serena, positiva o imperturbable. Consiste, entre otras cosas, en desarrollar suficiente consciencia para reconocer lo que está ocurriendo dentro de nosotros sin tener que rechazarlo, justificarlo o convertirlo inmediatamente en otra cosa.
Quizá por eso el camino del autoconocimiento no consiste tanto en trascender nuestra experiencia como en aprender, poco a poco, a habitarla.


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