Todos necesitamos sentirnos queridos. Necesitamos pertenecer, sentirnos aceptados y saber que ocupamos un lugar en la vida de otras personas. El vínculo no es una debilidad ni una necesidad de la que debamos avergonzarnos: forma parte de nuestra naturaleza. La psicología lleva décadas señalando que establecer y mantener relaciones significativas constituye una de las motivaciones humanas fundamentales.
El problema aparece cuando, para conservar esos vínculos, empezamos a alejarnos de nosotros mismos.
Este alejamiento no suele producirse de manera repentina. Comienza con pequeñas adaptaciones que, consideradas por separado, pueden parecer insignificantes. Decimos lo que creemos que los demás esperan escuchar, evitamos expresar determinadas opiniones, ocultamos aquello que podría resultar incómodo o sonreímos cuando, en realidad, estamos enfadados. Decimos que sí cuando queremos decir que no y aprendemos a estar disponibles incluso cuando necesitamos retirarnos o descansar.
Poco a poco, estas respuestas dejan de ser excepcionales y se convierten en nuestra forma habitual de relacionarnos. Llega entonces un momento en el que ya no sabemos si estamos actuando desde lo que realmente somos o desde el miedo a dejar de gustar, decepcionar o ser rechazados.
La máscara que aprendimos a llevar
Desde pequeños vamos descubriendo qué partes de nosotros reciben aprobación y cuáles parecen generar incomodidad o rechazo. Aprendemos a leer los gestos, silencios y reacciones de las personas que nos rodean. De esa manera, vamos comprendiendo qué debemos mostrar para sentirnos aceptados y qué conviene ocultar.
Quizá aprendimos que, para ser queridos, debíamos ser obedientes, fuertes, responsables o agradables. Tal vez sentimos que teníamos que cuidar de los demás, no causar problemas o estar siempre de buen humor. Al mismo tiempo, pudimos llegar a la conclusión de que no había demasiado espacio para nuestro enfado, nuestra tristeza, nuestras necesidades o nuestra particular manera de ver el mundo.
Así empezamos a construir una máscara.
No se trata necesariamente de una falsedad deliberada. La mayoría de las veces, esa máscara es una estrategia de adaptación. Nos permitió protegernos, evitar conflictos y conservar el vínculo con las personas de las que dependíamos. El problema surge cuando, con el paso del tiempo, llegamos a confundir esa forma de presentarnos ante los demás con nuestra verdadera identidad.
El psicoanalista Donald Winnicott utilizó el concepto de «falso self» para referirse a una identidad adaptada a las demandas del entorno que puede llegar a ocultar la espontaneidad del verdadero ser. No significa que todo lo que mostramos sea falso, sino que algunas de nuestras formas de comportarnos pueden haberse organizado principalmente para responder a lo que otros esperaban de nosotros.
Desde esta perspectiva, el ego necesita construir una imagen reconocible y relativamente estable: la persona fuerte, la que nunca da problemas, la que cuida de todos, la que siempre tiene una respuesta, la que no necesita a nadie o la que está permanentemente disponible.
Mantener esa imagen puede proporcionarnos una cierta seguridad, pero también exige un enorme esfuerzo. La vida cambia, nosotros cambiamos y lo que sentimos no siempre encaja con el personaje que hemos aprendido a representar. Cuanto mayor sea la distancia entre lo que mostramos y lo que realmente vivimos, mayor podrá ser también nuestro malestar.
El miedo a dejar de gustar
Detrás de muchas de estas adaptaciones hay una pregunta que quizá nunca llegamos a formular de manera consciente: ¿qué ocurriría si me mostrara tal y como soy?
La posibilidad de decepcionar, generar un conflicto o provocar que alguien se aleje puede despertar un miedo profundo. También puede aparecer el temor a descubrir que una persona no nos quiere como imaginábamos, sino que aprecia únicamente la versión de nosotros que siempre se adapta a sus necesidades.
Por eso callamos determinadas cosas. Aceptamos planes que no nos apetecen, mantenemos relaciones que nos hacen daño, permitimos comportamientos que traspasan nuestros límites y relegamos una y otra vez nuestras necesidades para satisfacer las expectativas de los demás.
Cada una de estas renuncias puede parecer poco importante. Sin embargo, cuando se repiten durante mucho tiempo, producen una forma silenciosa de desconexión. Seguimos estando cerca de otras personas, pero cada vez nos encontramos más lejos de nosotros mismos.
Puede surgir entonces una soledad especialmente dolorosa: la de sentirnos acompañados y, al mismo tiempo, tener la sensación de que nadie nos conoce de verdad. Porque, si nunca mostramos quiénes somos, cabe preguntarnos a quién están queriendo realmente los demás: a nosotros o al personaje que hemos aprendido a interpretar.
Lo que aprendimos sobre el amor
Muchas de estas conductas se encuentran relacionadas con las creencias que hemos interiorizado acerca del amor. Durante mucho tiempo se nos ha transmitido que amar consiste en sacrificarse, renunciar, aguantar o anteponer siempre las necesidades de la otra persona.
Los mitos del amor romántico han reforzado ideas como la existencia de la media naranja, la entrega incondicional, los celos entendidos como una demostración de amor o la creencia de que una relación verdadera debe ser capaz de superarlo todo. El problema de estos relatos no está en el deseo de compartir la vida con alguien, sino en la posibilidad de que nos hagan considerar normales ciertas renuncias que terminan anulándonos.
Amar no debería exigir que dejemos de ser nosotros mismos.
Una relación sana no se sostiene sobre la desaparición de una de las dos personas. Tampoco requiere pensar de la misma manera, compartirlo todo o adaptarse constantemente para evitar cualquier desacuerdo. Podemos amar profundamente a alguien y seguir necesitando nuestro espacio. Podemos cuidar una relación y expresar lo que nos incomoda. Podemos acompañar a otra persona sin abandonar nuestro propio camino.
El amor consciente no elimina las diferencias, sino que aprende a relacionarse con ellas. No nos obliga a elegir entre la otra persona y nosotros mismos, sino que busca construir un vínculo en el que ambos puedan existir.
Ser nosotros mismos no significa actuar sin tener en cuenta a nadie
En ocasiones confundimos la autenticidad con decir todo lo que pensamos o hacer en cada momento lo que nos apetece. Sin embargo, ser auténticos no significa actuar impulsivamente ni desentendernos del efecto que nuestras acciones tienen sobre los demás. Tampoco consiste en utilizar la expresión «yo soy así» para justificar nuestros comportamientos y evitar revisarlos.
La autenticidad necesita conciencia. Implica reconocer lo que sentimos, escuchar nuestras necesidades y aprender a expresarlas con respeto. Supone atrevernos a establecer límites sin atacar, admitir que hemos cambiado de opinión o comunicar que algo nos ha dolido.
Carl Rogers relacionó el bienestar psicológico con la congruencia: la posibilidad de que exista una correspondencia cada vez mayor entre nuestra experiencia interna, la conciencia que tenemos de ella y la manera en que la expresamos. Ser congruentes no significa mostrar todo cuanto sentimos ni hacerlo de cualquier modo, sino evitar vivir permanentemente divididos entre nuestra experiencia y la imagen que presentamos al mundo.
Esta forma de vivir también requiere aceptar que no siempre gustaremos a todo el mundo. Cuando comenzamos a mostrarnos de una manera más honesta, algunas relaciones pueden cambiar. Habrá personas que no comprendan nuestros límites o que prefieran la versión de nosotros que siempre estaba disponible, nunca protestaba y se adaptaba a todo.
Eso puede doler. Sin embargo, también puede ayudarnos a descubrir qué vínculos estaban construidos sobre un encuentro verdadero y cuáles dependían del personaje que habíamos aprendido a representar.
La atención plena como camino de regreso
Para mostrarnos tal y como somos, primero necesitamos descubrir quiénes somos más allá de nuestras máscaras. Y quizá este sea uno de los aspectos más importantes de la atención plena: ayudarnos a conocernos.
La atención plena nos invita a observar nuestra experiencia con mayor claridad, sin reaccionar inmediatamente y sin juzgar todo cuanto aparece. Al hacerlo, empezamos a reconocer la máscara que hemos construido y que quizá llevamos tanto tiempo utilizando que hemos terminado confundiéndola con nuestra identidad.
Podemos descubrir al personaje que representamos ante los demás: la persona fuerte, complaciente, responsable, divertida, autosuficiente o siempre disponible. También podemos observar cuándo aparece esa máscara, qué intenta proteger y qué miedos se esconden detrás de ella.
La práctica nos permite percibir esos momentos en los que nos abandonamos para obtener aprobación: la tensión que surge antes de decir que sí cuando queremos decir que no, el miedo a expresar una necesidad, el impulso automático de agradar o la incomodidad que sentimos ante la posibilidad de decepcionar a alguien.
No se trata de rechazar la máscara ni de juzgarnos por haberla creado. Probablemente cumplió una función importante y quizá fue la mejor manera que encontramos para protegernos, evitar el conflicto o sentirnos queridos. Pero lo que un día nos protegió puede terminar alejándonos de quienes realmente somos.
La atención plena nos ayuda a mirar más allá de esa imagen y a entrar en contacto con lo que sentimos, necesitamos y deseamos, pero también con aquellos aspectos de nosotros mismos que nos cuesta reconocer o aceptar. La conciencia abre un espacio entre el miedo y nuestra respuesta. Dentro de ese espacio podemos empezar a preguntarnos qué estamos sintiendo realmente, qué necesitamos, si actuamos desde la libertad o desde el temor al rechazo y si lo que mostramos forma parte de nosotros o pertenece al personaje que aprendimos a representar.
No siempre encontraremos una respuesta inmediata. Cuando llevamos muchos años identificados con nuestra máscara, puede resultar difícil saber qué hay detrás de ella. Necesitamos tiempo, silencio y honestidad para volver a escuchar nuestra propia voz.
Ese regreso se produce poco a poco: cuando expresamos una opinión sin disculparnos por tenerla, cuando establecemos un límite, cuando dejamos de fingir que algo no nos importa o cuando aceptamos que no podemos responder a las expectativas de todo el mundo.
No se trata de construir una versión mejor de nosotros mismos, sino de conocernos con mayor profundidad y empezar a vivir de una forma más coherente con quienes realmente somos.
El riesgo y la libertad de ser vistos
Mostrarnos también implica asumir un riesgo. No podemos controlar cómo reaccionarán los demás. Algunas personas nos comprenderán y otras no. Habrá quienes se acerquen y quienes decidan alejarse.
Ser nosotros mismos no garantiza que vayamos a ser aceptados por todo el mundo. Pero vivir permanentemente adaptados tampoco garantiza que seamos queridos. Solo consigue que aquello que recibe aprobación sea la imagen que hemos construido.
Quizá la cuestión no sea conseguir gustar más, sino permitir que las personas que permanecen a nuestro lado puedan conocernos de verdad: con nuestras fortalezas y contradicciones, con lo que sabemos y con lo que todavía estamos aprendiendo, con nuestra capacidad para cuidar y también con nuestros límites.
Esto no significa que necesitemos mostrarlo todo a todo el mundo. La autenticidad también incluye elegir con quién compartimos nuestra intimidad. Proteger una parte de nosotros no es lo mismo que ocultarnos sistemáticamente por miedo a no merecer afecto.
Una relación verdaderamente consciente no nos pide que desaparezcamos. Nos ofrece un espacio en el que podemos encontrarnos con el otro sin dejar de habitarnos a nosotros mismos.
Quizá no podamos gustar a todo el mundo. Y quizá tampoco haga falta.
Bibliografía
- Fromm, Erich. El arte de amar. Paidós.
- Herrera Gómez, Coral. La construcción sociocultural del amor romántico. Fundamentos.
- Kabat-Zinn, Jon. Vivir con plenitud las crisis. Kairós.
- Rogers, Carl R. El proceso de convertirse en persona. Paidós.
- Winnicott, Donald W. Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Paidós.


0 Comentarios
Deja tu comentario