Cuando hablamos de estrés solemos dirigir rápidamente la mirada hacia la persona que lo experimenta. Nos preguntamos qué puede hacer para encontrarse mejor, cómo puede aprender a relajarse o qué herramientas pueden ayudarle a afrontar de otra manera las dificultades cotidianas.
Son preguntas necesarias. Pero hay otra que quizá hacemos con menos frecuencia: ¿Qué está ocurriendo en la vida de esa persona para que necesite continuamente aprender a soportarla mejor?
Imaginemos un pez dentro de una pecera. El agua está limpia y el pez se encuentra bien. Poco a poco empezamos a introducir sustancias que deterioran la calidad del agua. El entorno se vuelve cada vez menos saludable y el pez termina mostrando signos de que algo no va bien.
Podríamos sacarlo de allí, ponerlo durante un tiempo en agua limpia, cuidarlo y esperar a que se recupere. Probablemente mejoraría. Pero resultaría extraño que, una vez recuperado, lo devolviéramos exactamente a la misma agua que contribuyó a que enfermara.
Sin embargo, algo parecido podemos hacer nosotros.
Descansamos el fin de semana para recuperarnos de una semana que nos ha llevado al límite. Nos vamos de vacaciones y regresamos con más energía. Hacemos ejercicio, aprendemos técnicas de relajación o practicamos meditación. Todo ello puede ser útil y formar parte de una manera saludable de cuidarnos.
El problema aparece cuando utilizamos esos recursos exclusivamente para recuperarnos y volver una y otra vez a las mismas condiciones que nos están desgastando.
No siempre se trata únicamente de cuidar al pez. A veces también necesitamos mirar el agua.
Cuando todo el peso recae sobre nosotros
Hemos aprendido mucho acerca de la importancia del autocuidado y de desarrollar recursos para relacionarnos mejor con el estrés. Sabemos que no podemos controlar todo lo que ocurre y que nuestra manera de responder a los acontecimientos influye en cómo los vivimos.
Pero esta idea también puede llevarnos a colocar toda la responsabilidad sobre la persona: si estás estresado, aprende a gestionar el estrés; si tu mente no para, medita; si estás agotado, descansa.
¿Y si después de descansar volvemos a una agenda imposible? ¿Y si aprendemos a calmarnos para continuar en una relación en la que nunca ponemos límites? ¿Y si meditamos para poder seguir manteniendo un nivel de exigencia que nuestro cuerpo lleva tiempo diciéndonos que no puede sostener?
No significa que nuestro malestar sea únicamente consecuencia de las circunstancias externas. Nuestra historia, nuestras creencias, nuestros patrones y nuestra forma de relacionarnos con lo que sucede también importan.
Pero tampoco todo lo que nos ocurre puede solucionarse aprendiendo a gestionarlo mejor.
Mindfulness no significa adaptarnos a todo
Esta distinción me parece especialmente importante cuando hablamos de mindfulness.
A veces puede entenderse la atención plena como un entrenamiento para conseguir que las cosas nos afecten menos, como si practicar suficientemente bien significara ser capaces de mantenernos tranquilos independientemente de lo que ocurra.
No es así como entiendo la práctica.
Mindfulness tiene mucho más que ver con entrar en contacto con nuestra experiencia tal y como está ocurriendo. Aprendemos a reconocer pensamientos, emociones y sensaciones corporales que muchas veces pasan inadvertidos. Empezamos a observar nuestras reacciones automáticas y a comprender mejor cómo nos relacionamos con aquello que nos sucede.
Y esa claridad no siempre conduce a sentirnos más tranquilos.
A veces nos permite reconocer que llevamos demasiado tiempo intentando llegar a todo. Que nuestra dificultad para decir que no nos está pasando factura. Que determinada relación nos hace daño. Que hemos normalizado una forma de trabajar que nos mantiene permanentemente disponibles. O que vivimos a un ritmo que nuestro cuerpo difícilmente puede sostener.
En esos momentos, la práctica no nos ayuda únicamente a tolerar mejor nuestra experiencia.
Nos ayuda a verla.
Aceptar no es resignarse
Una parte fundamental del mindfulness consiste en dejar de luchar inútilmente contra la realidad presente. Si algo está ocurriendo, negar que ocurre no hace que desaparezca. Podemos aprender a reconocer una emoción, permitir una sensación desagradable o aceptar que existen circunstancias que no dependen de nosotros.
Pero aceptar que algo está ocurriendo no significa decidir que debe continuar ocurriendo.
Hay aspectos de nuestra vida sobre los que tenemos muy poca capacidad de intervención. Una pérdida, una enfermedad, el envejecimiento, determinadas circunstancias económicas o las decisiones de otras personas pueden situarnos ante realidades que no hemos elegido. Aprender a relacionarnos de otra manera con aquello que no podemos cambiar puede evitarnos mucho sufrimiento innecesario.
Pero también existen situaciones sobre las que tenemos cierto margen de acción: una agenda permanentemente saturada, determinadas dinámicas en nuestras relaciones, nuestra dificultad para poner límites, algunos hábitos o una exigencia que nosotros mismos seguimos alimentando.
No siempre podremos cambiar estas cosas fácilmente. Pero podemos empezar por verlas.
La cuestión no es elegir entre aceptación y cambio, sino desarrollar suficiente conciencia para reconocer qué necesita ser aceptado y qué puede empezar a ser transformado.
¿Para qué estamos utilizando la práctica?
Hay una última cuestión que me parece especialmente importante.
Una práctica destinada a aumentar nuestra conciencia también puede utilizarse, paradójicamente, para evitar aquello que necesitamos mirar.
Podemos meditar para no sentir determinadas emociones. Utilizar la aceptación para no afrontar un conflicto. Intentar calmarnos continuamente porque nos resulta difícil escuchar lo que nuestra rabia, nuestro miedo o nuestro cansancio están señalando.
Por eso, además de preguntarnos qué práctica estamos haciendo, puede ser útil preguntarnos para qué la estamos utilizando.
La misma meditación puede ayudarnos a entrar en mayor contacto con nuestra experiencia o convertirse en una manera de alejarnos de ella. Puede ayudarnos a cuidarnos dentro de una situación difícil o servir simplemente para recuperar fuerzas y continuar indefinidamente dentro de una dinámica que necesitamos revisar.
La diferencia no siempre está en la técnica. Muchas veces está en la función que cumple.
Mirar también la pecera
Cuando practicamos mindfulness solemos dirigir nuestra atención hacia dentro. Observamos las sensaciones corporales, los pensamientos y las emociones. Pero podemos ampliar esa mirada y preguntarnos también por el contexto en el que nuestra experiencia está apareciendo.
¿Qué estoy sosteniendo desde hace demasiado tiempo? ¿Qué estoy tolerando? ¿Qué estoy repitiendo? ¿Qué parte de esta situación no depende de mí? ¿Y sobre qué parte sí tengo algún margen de acción?
No se trata de convertir cada dificultad en una razón para cambiar de trabajo, terminar una relación o reorganizar nuestra vida. Tampoco de pensar que podemos eliminar todo aquello que nos produce estrés.
Se trata de mirar con mayor amplitud.
Necesitamos recursos internos para afrontar las dificultades, descansar, regularnos y dejar de luchar innecesariamente contra aquello que no podemos cambiar. La meditación y el mindfulness pueden ayudarnos enormemente en ese proceso.
Pero quizá su aportación más profunda no consista simplemente en conseguir que nos sintamos mejor.
Quizá consista en ayudarnos a ver mejor.
Ver nuestros automatismos, nuestras creencias y nuestras reacciones. Reconocer aquello que necesitamos aceptar y también aquello ante lo que podemos actuar.
Por eso, cuando sentimos que necesitamos recuperarnos continuamente para poder seguir, quizá merezca la pena hacernos una pregunta:
¿Estoy intentando cuidar al pez sin mirar el agua en la que vive?
Mindfulness no es aprender a soportarlo todo con más calma. Es estar suficientemente presentes para reconocer lo que estamos viviendo y responder a ello con mayor conciencia.
A veces esa respuesta será aceptar.
Y otras veces será cambiar.


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