Hay palabras que, de repente, empiezan a formar parte de nuestras conversaciones cotidianas. Hace unos años hablábamos del colesterol. Después llegó la vitamina D. Más tarde los antioxidantes. Ahora parece que todo gira alrededor del cortisol.
Lo escuchamos en todas partes. «Tengo el cortisol disparado». «Necesito bajar el cortisol». «Este suplemento reduce el cortisol». La palabra aparece en anuncios, en vídeos, en artículos y en conversaciones de café. Da la impresión de que hemos encontrado un nuevo culpable para explicar por qué vivimos cansados, por qué dormimos mal o por qué sentimos que la vida nos pesa más de la cuenta.
Sin embargo, sospecho que el cortisol está recibiendo una fama que no merece.
El cortisol no es un error de la naturaleza. Es una de las herramientas más sofisticadas que tiene nuestro organismo para ayudarnos a sobrevivir. Gracias a él reaccionamos cuando aparece un peligro, movilizamos la energía necesaria para afrontar una situación difícil y permanecemos alerta cuando las circunstancias lo requieren. Si un coche invade nuestra acera o un niño va a cruzar la calle sin mirar, queremos que el cortisol haga exactamente aquello para lo que fue diseñado.
No es el enemigo.
El problema comienza cuando el cuerpo recibe la orden de permanecer alerta durante semanas, meses o incluso años. No porque exista un peligro real, sino porque hemos terminado organizando nuestra vida de una forma que apenas deja espacio para otra cosa que no sea correr.
Quizá ahí convenga detenerse un momento.
Vivimos en una sociedad que ha conseguido algo extraordinario: llenar cada instante. Si esperamos una cola, sacamos el teléfono. Si viajamos en autobús, escuchamos un pódcast. Si caminamos, respondemos mensajes. Si terminamos de trabajar, abrimos una red social. Si por casualidad aparece un minuto de silencio, hacemos cualquier cosa para que desaparezca cuanto antes.
No recuerdo otra época en la que hubiera resultado tan difícil no hacer nada.
Y, sin embargo, ese «no hacer nada» fue durante miles de años una parte natural de la vida. Había momentos para trabajar, momentos para conversar, momentos para caminar y momentos, simplemente, para estar. Hoy incluso el descanso parece haberse convertido en una actividad que debemos optimizar. Descansamos para rendir más. Dormimos para ser más productivos. Meditamos para trabajar mejor. Hasta el ocio empieza a parecer una inversión cuya rentabilidad esperamos medir al día siguiente.
No es extraño que el cuerpo termine confundido.
Hace unos días publiqué un reel en el que decía que lo que más baja el cortisol es gratis. Dormir bien, reír, hacer ejercicio, pasear por la naturaleza, tomar un café con un buen amigo o aprender a meditar. Mientras lo grababa pensé que, en realidad, ninguna de aquellas propuestas tenía nada de original. Todos sabemos que esas cosas nos hacen bien. Nadie descubre a los sesenta años que una buena conversación reconforta más que una hora deslizando el dedo por una pantalla.
El problema nunca ha sido la falta de conocimiento.
El problema es que hemos construido una forma de vivir en la que precisamente esas cosas son las primeras que desaparecen cuando falta tiempo.
Siempre queda tiempo para responder un correo más.
Siempre queda tiempo para revisar una última notificación.
Siempre queda tiempo para terminar una tarea pendiente.
Lo que ya no encuentra hueco es salir a caminar sin mirar el reloj, leer unas páginas de un libro, visitar a un amigo sin una razón concreta o sentarse unos minutos en silencio. Es curioso. Decimos que no tenemos tiempo para aquello que precisamente podría ayudarnos a recuperar el tiempo que sentimos haber perdido.
Hay otra escena que observo con frecuencia y en la que, probablemente, muchos nos reconoceremos.
La jornada termina. Cerramos el ordenador. Dejamos el trabajo atrás. O, al menos, eso creemos. Apenas unos segundos después, el teléfono ocupa el lugar que hace un instante tenía la pantalla del ordenador. Decimos que estamos descansando, pero quizá solo estamos cambiando de estímulo. Dejamos de responder a un jefe para empezar a responder a una aplicación. Salimos de una reunión para entrar en una sucesión interminable de vídeos, noticias, mensajes y opiniones.
El cuerpo permanece inmóvil, pero la atención continúa trabajando.
Tal vez por eso muchas personas llegan a la cama con una extraña sensación de agotamiento. No han corrido una maratón. No han cargado sacos de cemento. Simplemente han pasado el día entero atendiendo. Atendiendo al trabajo, a las noticias, a las redes sociales, a la familia, a las obligaciones y a esa pequeña pantalla que parece reclamar nuestra mirada cada pocos minutos. Lo verdaderamente agotador no siempre es el esfuerzo físico. Muchas veces es no dejar descansar nunca la atención.
Quizá por eso el mindfulness me sigue pareciendo una práctica profundamente revolucionaria, aunque la palabra haya terminado desgastándose de tanto repetirla. No porque reduzca el cortisol —que probablemente también lo haga—, sino porque nos invita a cuestionar la forma en que estamos viviendo antes de intentar corregir sus consecuencias. Nos recuerda que el descanso no consiste únicamente en dejar de trabajar, sino también en dejar de recibir información durante un rato. Nos enseña que la atención necesita respirar tanto como los pulmones y que el silencio no es un lujo, sino una necesidad humana.
A veces tengo la impresión de que buscamos soluciones demasiado complicadas para problemas sorprendentemente sencillos. Compramos aplicaciones para relajarnos, relojes que nos avisan de que estamos estresados y suplementos que prometen devolvernos el equilibrio perdido. Todo eso puede tener su utilidad. No seré yo quien lo niegue. Pero sospecho que ninguna de esas herramientas conseguirá demasiado si seguimos viviendo exactamente igual.
Porque el cuerpo no necesita que le convenzamos de que todo va bien.
Necesita que realmente vaya un poco mejor.
Quizá por eso el cortisol no sea el enemigo al que debemos combatir, sino el mensajero al que deberíamos escuchar. Después de todo, lleva años intentando decirnos algo muy simple: que una vida vivida permanentemente con prisa termina pasando factura.
Y tal vez la verdadera pregunta no sea cómo bajar el cortisol.
Tal vez la pregunta sea qué clase de vida queremos llevar para que nuestro cuerpo deje, por fin, de sentirse en peligro.


0 Comentarios
Deja tu comentario